miércoles, 12 de septiembre de 2007

El cuento sobre la amistad



Aquel día, cuando en el bar no había nadie y estaba fregando los vasos, vi que alguien, con mucha curiosidad, echaba un vistazo por el ventanal. Era un hombrecillo bajito, que tenia la cara con piel parecida a una ciruela seca, de la que emergía un narizón incólume, bajo cual  llevaba un bigotito. Unos ojos pequeños de ratoncillo, agudas e inquietos y dos orejas enormes como antenas repetidoras. Tenia el pelo cano, escaso y se peinaba hacia atrás con el gel o la brillantina. Su rastro dibujaba la mueca de mascotas, que sirven para dar a temor a los niños pequeños. En un momento el hombre entró en el bar por la puerta, con una sonrisa triunfal y se acercó a la barra. Vestido en su mejor traje, que ya tenía su época y la camisa era de color azul, con manchas. Su cuello lo adornaba una cadena grande de oro y sus dedos también los adornaban unos anillos.
-Pon me una cerveza- exclamó
Con una sonrisa, pensé. ¡Un hombre entero! Antes que hubiera estado como un adonis, fuerte, vivo, casi invencible, ahora estaría flaco, vencido sin saberlo. Pero también fui simpático y amable.
-Te apetece un higo – me preguntó, sacando de una bolsa de papel una fruta.
No quise ofender a ese hombre y tomé la fruta.
-Muchas gracias esta muy sabrosa- contesté
Así, conocí a uno de los primeros clientes de un bar de Tarragona, en el que trabajaba. Desde ese momento se empezó una conversación sin desmayos, as decir verdad un monologo. Mora, así se llamaba ese hombre, pronto llegó al periodo de las confesiones y me contó casi toda la historia de su vida. Me pareció que ese hombre anhelaba cualquiera conversación. Le di una cuerda durante un rato, pero en aquella época poco sabia de español y no entendí casi nada de lo que el me dijo. Pero Mora necesitaba solamente a alguien que hiciese como que le escuchaba y algún asentimiento puntual, así que fingir que le entendía no me costó gran esfuerzo.
Mora era un típico español. Tenia una pasión por las mujeres, el vino, la cerveza, el jamón serrano y el café por la mañana. Le gustaba mucho bailar y cantar flamenco. Pero ante todo le gustaba hablar. Casi cada día venia al bar para contarme sus largas historias, problemas, necesidades etc. También le gustaba mucho enseñarme el español, explicar cosas que no entendía o no sabia, de las costumbres españoles. Era un hombre muy simpático, pero superficial e impaciente, poco presumido y tenaz, también era brusco y creo que por eso muy listo. Por eso lo que me dijo puedo decir que Mora era un hombre románico. Una vez me dijo, que antes, cuando era joven, fue torero. Para confirmar lo que me dijo, un día llevó un foto. Allí estaba el mismo, pero muy joven. Tenia su cara llena del triunfo y de felicidad. Vestía un traje de torero. Llevaba chaquetilla y pantalón ajustados muy adornados, de color rojo, camisa blanca con volantes. En las piernas llevaba calcetines blancas y zapatos negros. En la mano tenia una gorra de toreros muy adornada. Después me preguntó si veía una corrida y si me gustaba. Le contesté que no la vi y no quiero verla porque para mi hay demasiada crueldad en la corrida. El me contestó que eso es verdad, la corrida tiene su parte cruel, pero también es un espectáculo bello por su colorado.
Esto es una corta descripción, de un hombre que se llama Mora y que para mi era una persona muy pintoresca.

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